LAS CENIZAS DEL FÉNIX

 Tiene que hacer algo, no sabe qué, pero algo, y urgente. Su angustia ya pasó a dolor físico y se metió en una especie de pantano mental del que no está pudiendo salir. Es demasiado, siente, se está volviendo loca. Es una tortura. Verla retorcerse en el asiento y agarrarse las sienes con ambas manos como si quisiera exprimir su cráneo y aplastar su cerebro para que se calle de una maldita vez, es impresionante. No da más, pobre, se frota los ojos, se suena los dedos, y se abre una lata de cerveza rubia mientras llora en voz baja cómo quién no quiere molestar. Está sola, en realidad, en el departamento, con un par de gatos marca calle, color vaca, que duermen plácidamente cerca del calefactor. Pasa que el mundo que ella creía conocer explotó, de un día para el otro, y desapareció del universo casi como si nunca hubiera existido. Tuvo que empezar de nuevo, obvio, desde cero, pero todavía recuerda su vida anterior como si hubiera sido ayer y eso la mata. Se siente estúpida, y se aguanta las ganas de hacerse daño literal como cuando era adolescente. Se la ve extra ansiosa, inquieta, se prende un cigarrillo tras otro y se lamenta porque sabe que esa lata de cerveza no es suficiente para calmarla. No alcanza, no hay chance. Lejos de anestesiar la magnitud de la tristeza que la domina.

Comentarios