PRECUELA

  Nunca fui normal. Debo haber tenido cinco años cuando me di cuenta; recuerdo que en preescolar ya me sentía extraña, diferente a mis compañeras de colegio. Creo que se notaba, que era obvio incluso, claro a simple vista. De hecho, ahora que lo pienso, ni siquiera nací normal. Según cuenta mi madre, ese día nada salió como tenía que salir. Tuvimos que improvisar. Todo pasó un 14 de Julio del año 1988 cuando mamá, saludando a mi hermano mayor que se estaba yendo al cine con un amigo, le vio petequias en el cuello. Lamentablemente, ella sabía qué significaba eso. Facu, que tenía solo diez años en el momento, estaba en remisión. Tenía leucemia, y el cáncer había vuelto. Eso cambiaba todo, yo tenía que nacer ya mismo porque había mucho que hacer, quimioterapia por ejemplo, radioterapia, internación, inmunización, aislamiento... De alguna manera, a mis ocho meses de gestación, mi mamá me mandó un mensaje vía cordón umbilical y me dijo que era hora. Era hora de nacer. Y rompió bolsa. 

  Era la cuarta vez en su vida que iba a traer una persona al mundo y María Ignacia, de entonces veintisiete años, ya tenía una leve idea de lo que se trataba el asunto por lo que mantuvo siempre la calma. Pronto estaba en Hospital Rivadavia, eran cerca de las diez de la noche y la acompañaron mi abuela, Eva, y Amalia, una de sus mejores amigas. Ellas hacían lo que se hace en las salas de espera, mientras yo asumía la posición para entrar al canal de parto. Al mismo tiempo y en el mismo lugar, el bebé de la señora de la cama de al lado se había salido de la comodidad y protección del útero de su madre y estaba suelto entre sus órganos. Se la llevaron urgente a cirugía; todos los médicos de guardia estaban ahí, con ella. La situación era extremadamente peligrosa para ambos, madre e hijo, y mi abuela rezaba un rosario junto al padre del bebé. Le rezaban a la Virgen del Rosario de San Nicolás.

  Había una enfermera afuera, sentada en una silla en el pasillo, al lado de la puerta dónde habían depositado a mamá ya con un suero y ya dilatada. Eran cerca de las doce de la noche y estábamos solas cuando tuvo esa primera contracción a modo de advertencia. Fue intensa, profunda, y ella supo que no faltaba mucho para verme a la cara. Dos contracciones igual de intensas después, una enfermera equis que entró a buscar algo, la vio jadeando y se acercó. Se subió a la camilla de un salto, porque era bajita, y le dijo: A ver mamá, hacé fuerza. En ese momento, por segunda vez en el día nos comunicamos, nos pusimos de acuerdo, y obedecimos a la enfermera. Fue solo una fuerza, una fuerza larga y así fue que nací. Mamá no gritó, yo no lloré, y la enfermera que estaba afuera ni siquiera se enteró.

  La mujer bajita que me recibió el primer día de mi vida mortal me envolvió en una manta y, aprovechando el silencio, me sacó de la habitación a escondidas para jugarle una broma a la enfermera que estaba de guardia al lado de la puerta quién, a su vez, le preguntó:
_ ¿Qué tenés ahí? 
_ No, nada, el bebé de la señora. Porque si fuera por vos, querida...

  Era jueves, una menos diez de la mañana, pleno invierno; Amalia, la amiga de mi madre se tuvo que ir, por lo que mi abuela, Eva, es la única que estuvo presente y fue testigo de la situación. Según su propio testimonio, mientras estaba en la sala de espera rezando el Rosario con el marido de la otra mujer que iba a parir esa noche, creó cierto vínculo con él. Estaba desesperado, podía perderlos a ambos, a su amor y a su hijo, al mismo tiempo. Señora de fe, la madre de mi madre, le atribuyó a la oración el éxito de la cirugía de emergencia. Se complotó con la familia vecina y cuando ambos partos salieron bien, eligieron los nombres de los recién nacidos: María del Rosario, y Nicolás.

  Un año después en Israel, donde aprendí a caminar, el doctor y profesor de medicina Shimon Slavin operó a Facu, que en ese entonces tenía once años. En teoría, mi hermana Pía, de seis, era compatible e iba a ser la donante para el trasplante de médula. Lo único, en esa época, que podía salvarle la vida al primero de los siete hijos de mamá. Desafortunadamente, habían cometido un error en el laboratorio y al final no eran ellos los compatibles, sino yo con mi hermano Tatu, Matías, que tenía cuatro años en el momento. Por suerte, o de milagro, el Dr. Slavin es una eminencia. La cirugía, al final, fue un autotrasplante de médula ósea utilizando sus propias células madre más un coctel personalizado de fármacos y otros venenos. 

  Así fue que en abril de 1989, en Jerusalén, después de un largo y arduo proceso, Facu le ganó al cáncer que lo habitaba desde los seis. A lo largo de su tratamiento e internación en el Centro Médico Hadassah, y hasta la cirugía, vivimos por un tiempo en un kibutz junto a mis hermanos mayores, Pia y Tatu. Mamá estaba embarazada una vez más, ese mismo año, en Noviembre, iba a nacer Juan Cruz, el quinto de los hermanos. 










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* Artículo de La Nación, 2004: 

* Dr. Slavin: 

* Kibutz: 

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