OTRA VEZ SOPA

  Una semana entera viviendo al revés*. Aislada, como siempre sucede en esos casos. No recibo los mensajes virtuales ni atiendo las llamadas telefónicas, no me entero de las novedades cotidianas de mis vínculos cercanos ni de los eventos nacionales que cuentan en los noticieros locales. Ignoro por completo las redes sociales en todas sus formas. Ni siquiera dejo que el sol toque mi piel, ya que hasta evito salir a hacer las compras para no tener que cruzarme con otros seres humanos en el camino. Tampoco me gusta salir a caminar sin rumbo, sin un destino al cuál llegar. Creo que vivir al revés es mi manera de hacerme invisible. Como si me hubiera ido de viaje a un lugar sin antenas, sin señal, sin correo, teléfonos públicos ni wifi. A un lugar más natural, minimalista y rústico, con mis gatos seguramente, pero muy lejos de la ciudad y del mundo digital. 

  Como una cabaña en el medio de un bosque; sin electricidad, internet, televisión ni computadoras, solo garrafas, una salamandra a leña, libros, cuadernos, y muchas velas para la noche. Tal vez en la cabaña hay una antigua radio a pila y un mazo de cartas. Hay siempre papel, lápices, y todo tipo de materiales para crear, pintar o dibujar. Tendría también juegos de mesa, claramente. Algo para picar o cocinar, seguro; café, mate, tragos incluso o cerveza. Cigarrillos y marihuana, por supuesto, para compartir con gente afín. Lamentablemente, muy pocas personas saben cómo llegar a mi cabaña, y es muy probable que cuando ellos lleguen yo ya no esté.

  Mi viaje, en realidad, fue al interior -de mi ser- y como siempre en esos casos, se cortó toda comunicación con el mundo exterior. Es extremista de mi parte comportarme así, lo sé, es uno de mis tantos defectos crónicos. Además, sinceramente, me hace sentir muy egoísta y culpable. Hago que la gente que aprecio sepa que puede contar conmigo para lo que sea, pero nunca depender. Porque soy intermitente. Suelo desaparecer y sucede de manera aleatoria. No hay constancia en nada conmigo porque no soy una persona predecible. Mi vida, como yo, es inestable.

  Confieso que lamento ser así, en especial con la gente que amo pero, más allá de eso, dificulta mis posibilidades a la hora de vincularme con la sociedad en la que vivo. Con todas las personas que conocí, o que hubiera podido conocer. Es un defecto de personalidad o carácter creo, o quizás, como decían hace un tiempo los psiquiatras, parte de un trastorno. A pesar de eso, los efectos colaterales no solo me afectan a mí sino que también afectan a mi entorno, en especial a la gente que me aprecia. Siempre temo que lo tomen de manera personal, o que lo confundan con egoísmo o peor aún, indiferencia.

  La realidad es que yo deseo, realmente deseo, mejorar. Evolucionar. Básicamente, cambiar ciertas conductas y hábitos nocivos que solo alimentan a mi depresión cuando recién se despierta y tiene hambre. Creo que admitir el defecto, o el error, es un paso muy importante y que desear cambiar es fundamental pero sinceramente, soy una mujer adulta corta de esperanza y autoestima. Mujer de poca fe, se podría decir. Sé que querer o desear algo no es suficiente, y que hablar y hacer son dos cosas muy diferentes. Hablar es fácil. 

  En definitiva, desde el fondo de mi corazón, no sé por qué estoy escribiendo esto a las 3:58 de la mañana de un martes cualquiera. Publicándolo en internet y exponiéndome. No amo sentirme vulnerable, la verdad. Me tomé hace un rato 1 gr. de Alpax para dormir temprano porque mañana tengo una entrevista para uno de esos trabajos convencionales de gente normal. No es lo ideal para gente como yo, sin embargo, lo necesito. Odio tomar psicofármacos pero me conozco, sé lo difícil que es para mí dormir de noche.  Y supongo que todos los artistas, tarde o temprano, necesitamos un day-job.

RG

Comentarios